La devaluación del fascismo

Desde la ruptura socialista en la Italia de 1921, el concepto de fascismo ha sido instrumentalizado para anular al adversario bajo una supuesta superioridad moral.

hace 10 horas
  • Fotografía de la visita que Benito Mussolini le hizo a Adolfo Hitler en Munich, lo que consolidó el llamado eje Berlín-Roma.
    Fotografía de la visita que Benito Mussolini le hizo a Adolfo Hitler en Munich, lo que consolidó el llamado eje Berlín-Roma.
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En 1921 el Partido Socialista de Italia se negó a afiliarse a la Internacional Comunista de Lenin. Entonces, la facción comunista abandonó el partido para fundar el Partido Comunista de Italia, que sí se acogió a las veintiún condiciones de la Komintern, que incluían romper tajantemente con los reformistas, con los socialdemócratas y “con la línea política de ‘centro’”. Bajo la influencia de la Komintern, el Partido Comunista de Italia definió el campo fascista italiano como todo aquello que no fuera el Partido Comunista de Italia. Así, presentándose como la primera línea de batalla contra Mussolini, concentró la mayor parte de sus esfuerzos antifascistas en la lucha, no contra los fascistas, sino contra el Partido Socialista. Con esta primera versión del antifascismo, el Partido Comunista contribuyó a allanar el camino por el que Mussolini llegó al poder.

La historia de la devaluación del término “fascista” es larga. Distintas fuerzas políticas lo han usado en distintos momentos para vilipendiar a sus opositores. Es una herramienta efectiva: es el nombre de una ideología repugnante, de un movimiento violento, de un régimen deshonroso y criminal, y al definirse como antifascista una facción política se arroga superioridad moral ante un adversario que reúne lo peor de la humanidad. Lo hizo la Unión Soviética de Lenin y de Stalin antes y después de la Segunda Guerra Mundial —en parte para ocultar sus crímenes y blindarse de la crítica—, lo hicieron los movimientos de descolonización, lo hacen muchas ONG de derechos humanos contemporáneas, lo ha hecho el movimiento antisionista de ayer y de hoy. Así, “fascista” ha pasado a describir no solo a los fascistas, sino a los liberales, a quienes han denunciado los crímenes del comunismo, a los colonialistas europeos, a los opositores del matrimonio entre personas del mismo sexo y a los sionistas, por nombrar algunos grupos dispares.

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Como una moneda que circula en exceso y pierde valor, el término “fascista” ha perdido su significado. Entre quienes se oponen firmemente a Trump en los Estados Unidos y se ubican a la izquierda del centro político, Mark Lilla ha rehusado describir el trumpismo como fascismo. Considera que esa descripción es una instancia de lo que llama la inflación del vilipendio: “el uso excesivo de ciertos términos que conllevan juicios morales automáticos”. Para Lilla, “entre más usemos términos como nazismo, fascismo o antisemitismo para nombrar fenómenos básicamente diferentes, menos aparentes serán esas diferencias para nosotros y menor fuerza tendrán nuestros juicios”. Si el núcleo de nuestro argumento contra distintos movimientos políticos autoritarios contemporáneos es que son fascistas, “se instala en nosotros una cierta fatiga moral”: queremos señalar las fallas morales de esos movimientos, pero usamos términos tan difusos y tan desgastados que no describen nada en particular y les restan credibilidad a nuestras declaraciones, aun para nosotros mismos. Lilla apela a la historia: “es sabio pensar en el nazismo y en el fascismo como términos que se refieren a movimientos europeos específicos que crecieron en el periodo de entreguerras en Alemania, Italia y España”. Como alternativa, propone usar otras palabras “que describen movimientos y formaciones políticas injustas: tiránico, autoritario, racista, nacionalista y demás”.

Uno puede estar en desacuerdo con Lilla y creer que el trumpismo sí merece el calificativo de fascista. Sin embargo, si ha de insistirse en el uso del término, más vale conocer su significado preciso. Este significado solo se ve con claridad si se atiende a la aparición y el desarrollo del fascismo en la historia.

Una fuente de ayuda para entender la historia del fascismo y su significado es la obra del historiador François Furet. Furet fue miembro del Partido Comunista Francés entre 1949, cuando tenía veintidós años, y 1956, cuando los soviéticos invadieron Hungría y mataron a miles de húngaros para aplacar la rebelión contra el gobierno comunista y las políticas impuestas desde Moscú. Desencantado del comunismo por los crímenes, la violencia y la crueldad que se desprendieron de esa ideología —y consternado por su propia ceguera—, emprendió su trabajo como historiador “con curiosidad por la pasión revolucionaria y con inmunidad al compromiso pseudorreligioso de la acción política”. Casi toda su obra es sobre la Revolución francesa, pero poco antes de morir publicó un ensayo sobre la ilusión a la que él mismo se había aferrado: la ilusión del comunismo en el siglo XX. En el francés original, el libro se llama Le passé d’une illusion, “el pasado de una ilusión”, mientras que en la traducción al inglés que hizo su esposa se llama The Passing of an Illusion, que significa tanto “el paso” como “la muerte de una ilusión”.

El objetivo de Furet en el libro es explicar el poder que el comunismo tuvo sobre la mente de tantas personas en el siglo XX. Lo primero que hace es atender a la época en la que el comunismo se consolidó, con el triunfo de Lenin en 1917, como la esperanza de millones. Pero Furet advierte desde el principio que, en el periodo de entreguerras, junto al comunismo, existió otra mitología política que también fue un rayo de esperanza para millones de personas, antes de que sus crímenes y su derrota la desacreditaran: el fascismo. Así, Furet dice que hubo una época en la que el comunismo y el fascismo compitieron por suceder a la democracia burguesa y, con distintas promesas sobre el futuro, fueron la esperanza de multitudes de personas en Europa y en el mundo. Para empezar a entender la ilusión del comunismo, lo compara con el fascismo.

Furet muestra que el comunismo y el fascismo comparten más rasgos de lo que se cree y de lo que los autodenominados antifascistas, desde Stalin, quisieron que se creyera. Comparten, para empezar, la idea de la necesidad histórica: la concepción de la historia como un río que fluye hacia un destino fijo. Para los comunistas, ese destino es la emancipación de los seres humanos por medio de la revolución proletaria, y la Revolución francesa fue un paso necesario en el camino del progreso. Para los fascistas, la revolución de 1789 había desviado el curso ideal del río del tiempo, y su tarea era “romper la cadena fatal de sucesos que constituían el curso de la historia moderna”. Ambas ideologías sustituyeron la intervención divina en el curso de los acontecimientos por la evolución histórica. El problema de esa mitología, además de su falsedad, es que puede usarse, como la usaron el comunismo y el fascismo, para justificar crímenes terribles en nombre del futuro.

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La historia que cuenta Furet parte de la pasión en común que anima el comunismo y el fascismo: el odio a la burguesía. Para ambas ideologías, la burguesía representa el dinero y el individualismo que habían fragmentado la sociedad moderna y que impedían la conformación de una nueva humanidad reconciliada. Las respuestas de cada ideología a estos problemas fueron distintas: para el comunismo, se trataba de reivindicar el carácter universal de la humanidad por medio de la revolución proletaria, mientras que para el fascismo había que reconstituir la comunidad por medio de la agencia particular de la nación o de la raza.

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El comunismo y el fascismo, entonces, tenían un enemigo político en común: la democracia burguesa. Ambos rechazaban, por un lado, la forma de gobierno en la que los ciudadanos votan libremente y distintos partidos compiten periódicamente por el poder, y por el otro, rechazaban la idea de las sociedades liberales modernas, constituidas por individuos libres y autónomos que escogen sus actividades, sus creencias y su estilo de vida.

Furet también señala las diferencias. El comunismo rechazaba el que la burguesía hubiera antepuesto sus intereses económicos a los principios políticos en cuyo nombre había acabado con el Antiguo Régimen: la libertad y la igualdad. Por tanto, la democracia burguesa no era una democracia auténtica: la verdadera democracia era el comunismo (Lenin escribió que la dictadura del proletariado era “un millón de veces más democrática” que la más democrática de las repúblicas burguesas). De hecho, el comunismo tenía una genealogía intelectual mucho más prestigiosa y seria que la del fascismo, lo que les permitía a sus militantes “situar sus actividades en el contexto del futuro y considerarse los herederos y perpetuadores del progreso”. El fascismo, por su parte, se oponía a los principios de 1789 como los causantes del desastre de la sociedad moderna.

A pesar de las diferencias, para ambas ideologías el régimen parlamentario y el pluralismo eran ardides de la burguesía que debían eliminarse por la fuerza. Es decir, ambas ideologías querían transformar violentamente el mundo. Para Furet el fascismo no fue solamente una reacción a la Revolución de Octubre, ni fue solamente la negación del comunismo (aunque el anticomunismo fuera uno de sus principales rasgos), sino que fue concebido para ser una revolución en sí mismo. El fascismo no quería volver al mundo anterior a la Revolución francesa ni al estado anterior a la Revolución bolchevique. Tenía su propia visión del futuro: uno en el que se restauraría la unidad del pueblo y de la nación, fragmentada por el individualismo y el dinero. Aunque el gran capital quiso aprovecharlo para combatir el comunismo y mantener el statu quo, la historia muestra que los fascistas “usaron el poder para poner en práctica su concepción de la nueva humanidad, con mayor fidelidad a sus ideas desquiciadas que a sus partidarios circunstanciales”. Como el comunismo, el fascismo luchaba contra el presente.

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Para Furet es importante que el fascismo fue un fenómeno de masas, y no de las élites. Pero su innovación no fue movilizar a las masas contra el comunismo, sino crear una derecha revolucionaria. Como el bolchevismo, nació de la Primera Guerra Mundial, y les dio a los veteranos de los países que habían sido humillados por la derrota o por la frustración en la negociación de la paz un horizonte de actividad y hermandad. Se constituyó en una forma de socialismo nacionalista y racista que movilizó pasiones revolucionarias modernas, se erigió sobre el odio a la burguesía y al dinero, presentó una versión particular —y nacionalista— de la igualdad humana y se alimentó de la aspiración a crear un nuevo mundo. No fue un movimiento conservador. Su programa, distinto del de la dictadura del proletariado, era el de la comunidad nacional o racial entendida como superior a todas las demás. En nombre de esos propósitos, erradicó todo y a todos los que se le opusieron.

Aunque la historia de Furet no esté completa ni sea definitiva —y aunque las variantes italiana, alemana y española del fascismo, todas del periodo de entreguerras, no fueron idénticas—, deberíamos aceptar que el fascismo fue un movimiento y una ideología específicos, distintos de otros movimientos de derecha nacionalistas, racistas, reaccionarios y violentos que hubo antes y que ha habido después. El término “fascista” no es el más útil para entender las fuerzas políticas en el mundo hoy en día, y menos en la contienda electoral colombiana, como algunos han pretendido desde que se consolidó el uribismo. Anteponerle prefijos como “neo” o “ultra” tampoco sirve de mucho si el objetivo es entender en vez de vilipendiar al contrincante y arrogarse superioridad moral. Es bueno, sin embargo, que el fascismo siga pareciéndonos repugnante. Hace falta que pase lo mismo con la ideología que le fue contemporánea.

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