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Turismo sí, pero con dignidad para los barrios

Hoy más que nunca necesitamos recordar lo que hizo grande a Medellín: la capacidad de poner a las personas en el centro, de construir soluciones colectivas, de cuidar lo común.

31 de julio de 2025
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  • Turismo sí, pero con dignidad para los barrios

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Medellín ha sido ejemplo de transformación urbana y social. Sin embargo, el auge turístico plantea nuevos desafíos que no podemos ignorar. El fortalecimiento de la cultura y la participación comunitaria fueron claves en la recuperación de la confianza y con ello en la transformación de Medellín de una urbe marcada por la violencia a un lugar de esperanza. Iniciativas promovidas por diferentes sectores se alinearon para hacer que el temor de visitar Medellín desapareciera, logrando que la ciudad de la eterna primavera fuera un destino aclamado.

En la última década, Medellín se ha convertido en un destino turístico de moda. Las cifras son impresionantes: miles de visitantes llegan cada mes atraídos por la historia de superación de la ciudad, su clima, su gente y su vibrante vida nocturna. Miles de personas llegan a visitar diferentes rincones de nuestra ciudad. La Comuna 13 es hoy un museo vivo de arte callejero y emprendimiento comunitario. Sin embargo, ese éxito turístico también ha traído consigo problemas que no podemos ignorar.

Este auge turístico ha traído consigo efectos secundarios que afectan a las comunidades locales. Los vecinos de barrios como El Poblado, Laureles y la misma Comuna 13 denuncian el aumento de la gentrificación, el alza desmedida de los arriendos, la saturación del espacio público y la llegada de un turismo poco respetuoso, que a veces trivializa el dolor de la historia reciente o convierte las calles en escenarios de fiesta sin límites. La calidad de vida de quienes hicieron posible la transformación de Medellín pareciera estar en riesgo.

El turismo no es malo en sí mismo, por el contrario, es el mismo el que mantiene el crecimiento económico de la ciudad. Un turismo bien gestionado, es una poderosa herramienta de desarrollo económico y cultural. Ahora bien, el problema parece estar en la forma en que el turismo ha ido desplazando a los habitantes de Medellín. La Comuna 13 es un barrio que muchos llaman hogar y no es un parque temático, el Poblado no es una discoteca y Laureles no es un restaurante. Medellín no puede darse el lujo de repetir los errores de otras ciudades que se dejaron devorar por el turismo masivo y terminaron expulsando a su propia gente.

Hoy más que nunca necesitamos recordar lo que hizo grande a Medellín: la capacidad de poner a las personas en el centro, de construir soluciones colectivas, de cuidar lo común. Eso implica regular mejor el turismo, promover prácticas responsables, proteger a las comunidades locales y garantizar que los beneficios económicos lleguen a quienes más lo necesitan.

Medellín ya demostró que puede reinventarse. Ahora le toca demostrar que puede crecer sin perder su alma y para ello, es indispensable que todos —gobierno, ciudadanía y visitantes— se comprometan con un turismo responsable y justo.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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