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Antídotos contra el Chavismo

Un gobierno que ha producido semejantes resultados sólo puede perpetuarse mediante el fraude, la alianza con los criminales y la represión.

21 de agosto de 2025
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  • Antídotos contra el Chavismo

Por Rodrigo Botero Montoya - opinion@elcolombiano.com.co

En el ocaso del actual gobierno, surge el interrogante de por qué no tuvo éxito el intento de establecer en Colombia un régimen similar al de Hugo Chávez en Venezuela. La respuesta a ese interrogante tiene varias explicaciones diferentes, pero interrelacionadas. Tenerlas en cuenta puede ser útil para quienes aspiran a gobernar el país a partir de agosto del 2026.

Por una parte, hay fallas notorias tanto en el modelo como en el intento de imitarlo, lo cual hace poco atractiva la propuesta de adoptarlo en el país. No ha sido por falta de voluntad. Gustavo Petro ha copiado actitudes y rasgos de su mentor y amigo, que tal como sucede con ciertos vinos, no viajan bien: la hostilidad hacia Israel y hacia Estados Unidos, la aversión a la empresa privada, la grandilocuencia y la incontinencia oratoria.

Por más admiración que pueda tener Petro por Hugo Chávez, la magnitud del fracaso de su proyecto político es inocultable. El expresidente Carlos Andrés Pérez pronosticaba que lo que venía para Venezuela con la llegada de Hugo Chávez al poder era miseria y tiranía. Esa predicción resultó ser acertada.

Transcurridos veintiséis años de un régimen que ha implementado el socialismo del Siglo XXI, Venezuela se ha empequeñecido y se ha pauperizado. La expropiación de empresas ha arruinado la actividad productiva. Una cuarta parte de la población ha sido lanzada al exilio. En materia social, los sistemas de educación y de salud han colapsado; el salario mínimo equivale a tres dólares al mes. Los dos gobiernos tratan de establecer una relación bilateral como la de los años ochenta, cuando las economías de ambos países tenían un tamaño comparable. Pero el chavismo ha destruido tres cuartas partes de la riqueza nacional. En la actualidad, la economía venezolana es más pequeña que la de Ecuador, la de Costa Rica y la de la República Dominicana.

Un gobierno que ha producido semejantes resultados sólo puede perpetuarse mediante el fraude, la alianza con los criminales y la represión. La opinión mundial coincide en que el resultado de las elecciones en las cuales Nicolás Maduro se proclamó ganador fue un robo. Su gobierno es considerado ilegítimo y tratado como un paria internacional. Edmundo González, ahora en el exilio, fue quien ganó las elecciones, por una amplia mayoría. La opinión pública colombiana es consciente de esa realidad. Como consecuencia, toda iniciativa gubernamental encaminada a procurar un acercamiento con el régimen de Maduro produce un reflejo condicionado de rechazo.

Hay factores que hacen poco atractivo el modelo chavista. Las instituciones democráticas actúan como barreras a las iniciativas autoritarias. La libertad de prensa impide la creación de una hegemonía comunicacional. El sector empresarial tiene un apoyo de opinión superior al del gobierno. El aeropuerto El Dorado, administrado por una empresa privada, ha llegado a ser el de mayor movimiento de pasajeros de América Latina.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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