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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

Fútbol y política: lealtades ciegas

hace 2 horas
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  • Fútbol y política: lealtades ciegas

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

Hay decisiones que no pasan por la cabeza, sino por el pecho. Y en Colombia, la política y el fútbol comparten ese territorio visceral donde la lógica llega tarde y el sentimiento ya decidió. Uno no “elige” del todo un equipo de fútbol. A uno lo marcan. Es una herencia, un contagio, un accidente o una emoción inaugural que se queda para siempre. El primer gol que se gritó en la casa, la genética que traspasa lo entendible, la primera camiseta que se regaló o el primer triunfo que resonó. Cualquiera de esos, es el culpable. Desde ahí, la felicidad deja de ser comprensible. Aparece la inmunidad permanente contra la razón. Ya discutir, sobra.

¿Cómo explicarle a alguien que seguir al Independiente Medellín o al Atlético Nacional, es algo que no depende de estadísticas, fichajes o resultados? Se sigue porque sí. El amor no pide pruebas; apenas exige fidelidad. Y pasa en todas partes: nadie abandona su historia e hinchismo para subirse a otro tren. En el fútbol, cambiar de camiseta no es una decisión: es una herejía. Hasta ahí, folclor. El problema es cuando ese folclor se vuelve raigambre política. Porque en política también hay hinchas. No votan: descargan. No analizan: actúan. No dudan: concurren. Y cuando la realidad les toca la puerta, hacen lo mismo que en la tribuna: más volumen, menos cerebro. Es algo incómodamente parecido.

Es que se forma una identidad política, no a partir de programas o argumentos, sino de afectos: simpatías, rechazos, historias familiares o rabias sociales. Y el voto —esa pieza que nos gusta disfrazar de civismo— es, en demasiados casos, un impulso primario. Se vota con la devoción, con la esperanza, con el miedo o con la furia. El programa es decoración, los datos estorban y los resultados se editan. Mejor dicho: se grita el gol y se marca el tarjetón con la misma mano. El manual es de una simpleza ofensiva. Si lo hace el rival, es atrocidad. Si lo hace el propio, es contexto. Si lo publica un crítico, es montaje. Y así, entre excusas recicladas y fe ciega, se edifica una lealtad que no resiste dos preguntas, pero sí aguanta el resto de la vida. No es análisis: es patrimonio. Es la misma lógica interior: no se analiza, se pertenece.

Por eso no importan los nombres, interesan las trincheras. El líder puede equivocarse, contradecirse o fallar, pero la hinchada no se mueve. Cambian los hechos, no la fe. Porque aquí no se sigue un proyecto: se defiende un bando. Y salirse de ahí no se interpreta como criterio, sino como traición. Igual que el hincha que se aferra a una divisa, el ciudadano se mantiene firme en su orilla ideológica, incluso cuando la realidad le lanza preguntas incómodas.

Y termina ocurriendo lo de siempre: la lealtad se vuelve ciega. En el fútbol, eso se traduce en justificar lo injustificable. En la política el riesgo es mayor: se termina defendiendo lo indefendible. Porque ahí está la trampa: confundimos identidad con verdad. Pero tranquilos: la culpa nunca es propia. Siempre hay árbitro, siempre hay rival, siempre hay excusa. La responsabilidad es lo único que no se afilia. Y en estos terrenos —política y fútbol— voltearse se siente como una felonía. Como dejar de ser uno mismo. Es que ambos son la misma cosa.

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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

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