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Entre las muchas cualidades fascinantes que posee El testimonio de Ann Lee, de Mona Fastvold, estrenada la semana pasada en Colombia, tal vez la más atractiva de todas es que la película cuenta la vida de un personaje real, una mujer que vivió a mediados del siglo XVIII y de la que efectivamente las crónicas de la época afirman hechos tan particulares como que habló “en lenguas” y realizó milagros.
El primer mérito del guion que firma la directora con su esposo, Brady Corbet, con quien también escribió El brutalista, está en recuperar una biografía casi olvidada por la historia (porque los fieles del culto Shaker se contaban con los dedos de una mano el año pasado) y crear esta pieza difícil de recomendar al gran público porque no se parece a nada que hayan visto y porque toca temas complejos como la fe o el misticismo, en un tono que no hace ningún esfuerzo por congraciarse con el espectador o hacer que empatice con Ann.
Sin embargo, cómo no conmoverse con la actuación entregada y agotadora de Amanda Seyfried, que cuando no está pasando por emociones difíciles de expresar en momentos que destruirían cualquier vida (hay cuatro partos, cuál de todos más doloroso, varias golpizas y una temporada de hambre extrema que la lleva al delirio) está liderando la danza y el bamboleo de oración cantada por el que los shakers fueron llamados así, de coreografías filmadas con brío inusitado por Fastvold y por su director de fotografía, William Rexer, en el que, sin duda, es el mejor trabajo de su carrera.
Lo que logran los movimientos que propone la coreógrafa Celia Rowlson-Hall es traducir esa conmoción interior individual y esa sincronía de emociones colectiva que implica la fe de una comunidad. En estas secuencias que convierten a la película en un extraño musical y que escenifican la partitura bellísima de Daniel Blumberg (cuyo trabajo incluyó poner melodía a la letra de algunos himnos que se han conservado) vemos, por ejemplo, cadenas humanas que forman los fieles bailarines capaces de comunicar el trato igualitario que el culto le daba a hombres y a mujeres, o en la ausencia de erotismo de los pasos, la creencia de que era el contacto sexual la causa de la decadencia del mundo y el celibato como precepto.
El protagonismo de Seyfried, sin embargo, opaca a los personajes secundarios, en un guion que no sabe darles características distintivas. Sólo Lewis Pullman como William, el hermano de Ann, logra quedarse en nuestra memoria por su importancia en la organización de la iglesia cuando emigran desde Mánchester hasta América.
La relación de hermanos es la que mejor logra contarse, pues ni Abraham, el marido de Ann, ni Mary Partington, a pesar de ser la narradora, tienen el desarrollo suficiente para ser más que meros comparsas.
Como se supone que Ann es la segunda encarnación de Dios después de Jesús, hay cierta lógica en que sólo nos cuenten su historia. No logra Fastvold que la amemos, tal vez porque este testamento no va de amor sino de obsesión. Y de la fe como escape.