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El mundo y sus conflictos en el 2026

Los enfrentamientos internacionales del 2026 comparten una misma característica: su creciente resistencia a las salidas diplomáticas convencionales.

hace 6 horas
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  • El mundo y sus conflictos en el 2026

En los últimos años ha reaparecido un tipo de riesgo que muchos creían contenido: la posibilidad de que disputas entre Estados se vuelvan conflictos abiertos y persistentes. La última década dejó un mapa con más frentes simultáneos, menos capacidad de mediación y acuerdos cada vez más frágiles. Las negociaciones tienden a empantanarse, mientras las grandes potencias privilegian cálculos domésticos y respuestas de corto plazo por encima de marcos multilaterales, lo que reduce los márgenes para contener las crisis.

En ese contexto, en 2026 los enfrentamientos internacionales serán nuevamente uno de los grandes protagonistas de la agenda noticiosa, y su cubrimiento no estará definido por un único foco de tensión, sino por varios conflictos que, pese a sus diferencias, comparten una misma característica: su creciente resistencia a las salidas diplomáticas convencionales.

En Europa, 2026 será un año clave para ver si llega por fin el desenlace del mayor conflicto entre dos países del último lustro: la guerra entre Rusia y Ucrania, que lleva meses en una fase de estancamiento relativo, un equilibrio precario en el que, aunque la violencia persiste, el mapa cambia poco.

Este año servirá para medir hasta dónde puede sostenerse una guerra de desgaste que ya evidencia una brecha clara entre costos y resultados: las bajas rusas se estiman por encima de las que tuvo Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, mientras los avances en territorio ucraniano desde 2022 han sido, en términos netos, pírricos. El escenario base es la continuidad con movimientos marginales, pero también es posible que el agotamiento empuje a un acuerdo parcial que reduzca la intensidad sin resolver el fondo del conflicto. En cualquier caso, la guerra continuará redefiniendo la agenda militar, energética y diplomática de Europa, y persistirá una incógnita decisiva: hasta qué punto Donald Trump mantendrá —o condicionará— el apoyo de Estados Unidos a Ucrania.

En el Pacífico, la relación entre China y Taiwán seguirá siendo un punto de fricción que podría moverse en 2026. Para Beijing y Xi Jinping, la isla continúa entre sus prioridades estratégicas; cualquier escalamiento inevitablemente pondría a prueba a Estados Unidos y a sus aliados en Asia. El escenario más probable no es una invasión, sino una estrategia de presión gradual por parte de China: un “zona gris” que aumenta el riesgo de incidentes y errores de cálculo en una región altamente militarizada, donde un choque menor puede escalar con rapidez.

En el sur de Asia, India y Pakistán mantienen una relación propensa a crisis recurrentes, como volvió a evidenciarse en 2025 con episodios de tensión que pudieron desescalarse a tiempo. La disputa territorial por Cachemira sigue siendo el detonante más visible, pero el problema es más amplio: una rivalidad histórica, presiones políticas internas y una frontera donde hechos puntuales pueden activar lógicas de represalia. En 2026, el factor decisivo será la capacidad de ambos gobiernos para contener la escalada tras un incidente, en un contexto donde el papel de Estados Unidos como mediador luce cada vez menos predecible.

En Medio Oriente, la guerra entre Israel y Hamás seguirá marcada por treguas frágiles y por la falta de un acuerdo viable sobre el “día después” en Gaza: es probable que la región continúe con un patrón de episodios de violencia y represalias que en cualquier momento reactiven el conflicto. Más que anuncios, lo que definirá 2026 será la capacidad de construir un arreglo político que no sea impracticable sobre el terreno.

Sin embargo, el frente externo que más puede incidir en el contexto colombiano es el pulso creciente entre Washington y Caracas. Tras el fraude y la represión que consolidaron la permanencia de Nicolás Maduro, Venezuela sigue atrapada en una crisis institucional y económica sin una salida política clara, mientras aumenta una presión externa difícil de ignorar. El refuerzo del despliegue militar estadounidense en el Caribe, sumado a medidas para obstaculizar la exportación de crudo y a una campaña sostenida de ataques contra embarcaciones asociadas al narcotráfico, reduce el margen de maniobra de la cúpula Maduro para salir indemne de la presión por parte de Estados Unidos.

La magnitud y el carácter frontal de la estrategia de presión impulsada por la administración Trump hacen poco verosímil un cierre “limpio” que no implique incidentes o decisiones que alteren el tablero. Al mismo tiempo, el gobierno venezolano no ha mostrado disposición a ceder poder ni a aceptar una transición negociada, lo que convierte a 2026 en un año en el que, de una forma u otra, ese nudo tendrá que desatarse. Podría ocurrir por un acuerdo, por una fractura interna o por una escalada que luego resulte difícil de contener.

Para Colombia, este no es un asunto distante. Si el deterioro se acelera, el impacto será inmediato en la frontera y en la capacidad humanitaria del Estado. Si, en cambio, se abre un ciclo de normalización democrática, la reactivación de Venezuela puede convertirse en una oportunidad regional de primer orden. Por cercanía, redes empresariales y conocimiento del mercado, Colombia estaría entre los países mejor ubicados para participar en la recuperación de un vecino que aún conserva activos y capacidades relevantes. Dicho de otro modo, el fin de la dictadura podría traducirse en una bonanza para el país.

Parece que el 2026 será un año particularmente movido.

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