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La historia de Jenifer de la Rosa, la niña adoptada de Armero que hizo una película para buscar a su madre

Hija del volcán es el primer documental dirigido y narrado por una de las niñas adoptadas durante la tragedia de Armero. EL COLOMBIANO conversó con De la Rosa, su directora.

  • Esta es Jenifer de la Rosa, la directora de Hija del Volcán. Fue adoptada en 1987 por una familia española, luego de que su madre la dejara en un albergue en la tragedia de Armero. FOTO cortesía
    Esta es Jenifer de la Rosa, la directora de Hija del Volcán. Fue adoptada en 1987 por una familia española, luego de que su madre la dejara en un albergue en la tragedia de Armero. FOTO cortesía
hace 56 minutos
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Jenifer de la Rosa nació el 7 de noviembre de 1985 y solo seis días después las entrañas de la tierra se sacudieron para que de ahí brotara fuego.

En la tragedia de Armero, ocasionada por la erupción del volcán del Ruiz, murieron más de 25.000 personas y más de 500 niños desaparecieron, muchos de ellos separados de sus padres durante los rescates y luego dados en adopción de manera exprés, sin cumplir los requisitos necesarios.

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Aunque nació en Manizales, Jenifer tiene acento español, pero dice, mientras se ríe, que poco a poco ha comenzado a utilizar expresiones colombianas porque, como le explicó alguna vez un profesor de lingüística, las palabras tienden puentes para que uno se sienta más de acá, del lugar al que pertenece.

Apenas con un año y medio de edad fue adoptada por una familia española y, durante 30 años, conoció poco, casi nada, sobre su familia biológica.

Su búsqueda, que ya sobrepasa más de una década, es la historia de Hija del volcán, la película de 1 hora y 43 minutos que recién llegó a salas de cine colombianas.

A pesar de que han sido numerosos los documentales, cortometrajes y especiales periodísticos sobre la tragedia, esta es la primera producción narrada y dirigida por una de las niñas dadas en adopción hace 40 años.

Por unos segundos, uno llega a pensar que Hija del volcán arranca por el punto de llegada: la primera escena muestra a Jenifer a las afueras de la casa de María Susana Romero, a quien visita porque cree que puede ser su madre, pero ese es solo el comienzo.

- ¿Qué la hizo tomar la decisión de comenzar a buscar a sus padres y de, al mismo tiempo, grabar esa búsqueda?

- “Mis papás siempre me contaron que era adoptada desde que tengo uso de razón. Me fueron incorporando esa historia: me decían que vinieron a Colombia por mí e hicieron un álbum de fotos donde me enseñaban de dónde venía, cómo era el país.

En mi casa, Colombia siempre se ha tratado con mucho respeto y cariño, desde un lugar muy bonito. Pero a mí me dolía y me costaba preguntar por eso. Ya en la adolescencia decidí, también un poco presionada por una España bastante conservadora, dejar de hablar del país.

Pero cuando empecé a viajar y a hacer mis estudios por fuera, al sentirme extranjera, fue cuando empecé a decir que también era colombiana. Luego regresé a España y ya no me dolía decir que era colombiana y española. Ese ha sido mi viaje: de conocimiento y de exploración.

Pensé que era importante contarlo porque las personas adoptadas vivimos de manera muy aislada, como si incluso nos avergonzara que se pudiera pensar que no estamos agradecidas con la familia que nos ha adoptado o con el país al que hemos llegado.

Son mensajes que se nos van insertando desde la sociedad, y pienso que es algo que hay que conversar y debatir”.

Las certezas que tiene Jenifer es que fue el 13 de noviembre el último día que estuvo con su mamá, de 18 años, quien después de la tragedia la llevó a un albergue y se la entregó a Yolanda, una rescatista de la Cruz Roja, para que la cuidara mientras ella visitaba las ruinas en las que se había convertido su casa.

Nunca regresó y tampoco lo hizo su padre que falleció en Chinchiná, donde hubo entre 3.000 y 5.000 víctimas por la misma erupción.

Después de eso, la cineasta fue entregada al ICBF que la dio en adopción con pocos documentos en mano, al igual que a cientos de niños que también salieron del país con nuevas familias y que ahora que son adultos desean conocer qué fue lo que sucedió.

- ¿Cuáles fueron las pistas con las que inició la búsqueda?

- “Tenía el expediente de mis padres, que básicamente era el de la adopción en términos legales, y unas dos hojas en las que se resumía mi llegada al albergue.

Desde España, antes de la película, lo que hice fue investigar por internet, como hacemos todas las personas ahora. Miraba en Maps, el Nevado, Manizales, Chinchiná y Armero.

Después contacté con la Fundación Armando Armero, también por internet, antes de comenzar el proyecto, y fue ahí donde me di cuenta de que había muchos papás y mamás que buscaban a sus hijos porque pensaban que estaban vivos y no entendían por qué no los habían reunido con ellos. Eso me pareció muy duro.

También pude ver en YouTube videos de otras personas adoptadas que contaban su experiencia, y eso me empujó a continuar.

Además, en los papeles que tenían mis padres adoptivos aparecía el nombre de mi madre: Dorian Tapazco Téllez, pero yo nunca encontré nada sobre ella en internet”.

Ese fue el nombre que se convirtió en obsesión y que hizo que, en 2016, Jenifer regresara a Colombia, donde se reunió con Francisco González, director de la Fundación Armando Armero, que se ha dedicado a reunir a los niños adoptados con sus familias biológicas y que, en los últimos años, ha hecho posibles cuatro reencuentros.

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Hija del volcán fue grabada entre 2018 y 2024, durante varios viajes que hizo De la Rosa para encontrar respuestas sobre quién es su mamá. Lo primero es que se cree que cambió su nombre –por eso visitó a María Susana al principio del documental–, que trabajaba como empleada doméstica y que la llamaban Salsipuedes, como la canción de Lucho Bermúdez.

De resto, la vida de Dorián Tapazco es borrosa: no se sabe qué ocurrió con ella y tampoco hay registros ni de su vida ni de su muerte.

Intentando hallar ese “espejo biológico”, como ella misma lo llama, con quien sí pudo reunirse fue con su hermana mayor, Ángela, a quien encontró por una noticia publicada en el diario La Patria de Manizales. El parentesco fue confirmado mediante una prueba de ADN coordinada por la Fundación.

A pesar de que el documental se estrenó hace dos años, Jenifer es enfática al decir que la búsqueda no ha terminado.

Confiesa que, en ocasiones, ha estado a punto de dejarla, especialmente por el poco apoyo institucional que han tenido los adoptados, como viene denunciando Francisco desde hace varias décadas, en particular por parte del ICBF, que ha asegurado que, para afirmar que hubo irregularidades en los procesos, primero se deben investigar todos los casos.

- En el cartel de la película, el apellido de su madre biológico está tachado, ¿cree que algún día ese nombre dejará de tener una línea en el medio?

- “Es toda una declaración de intenciones. A las personas adoptadas nos cambian la filiación y el apellido, y uno crece con ese nuevo nombre, sobre todo si el cambio ocurre cuando eres muy bebé. Dependemos completamente de quienes son nuestros nuevos padres para que nos cuenten y nos expliquen si tuvimos otra vida y cuál era.

Entonces es un poco doloroso —por no decir mucho— tener esa otra identidad que se oculta, que se tapa, pero que está ahí.

Por eso ese tachado es también como una cicatriz: representa que, por mucho que lo intenten borrar, permanece. Es visible.

Por eso está de esa forma y, además, como gesto artístico, me parece bello. Es el nombre con el que firmo todas mis obras en el cine.

Así que sí, es también una forma de hacer activismo y de denunciar que nuestras madres originarias siempre van a estar presentes, aunque las instituciones decidan otras cosas”.

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