Desde el 3 de enero de este año, Venezuela vive en una constante sensación de zozobra. Ya no se trata únicamente de la crisis económica que durante años ha golpeado al país, sino de un remezón político que sacudió a los más altos mandos del chavismo tras la captura de Nicolás Maduro, en medio de una operación militar estadounidense que cambió por completo el panorama interno.
Desde entonces, las decisiones en el poder han marcado un giro inesperado. Luego de que la entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumiera el control, se han producido movimientos que han sorprendido tanto dentro como fuera del país. Entre ellos, la salida de figuras históricas del chavismo y cercanas a Maduro, como Vladimir Padrino López y Tarek William Saab, considerados durante años pilares del régimen.
Sin embargo, más allá de los cambios visibles, hay una pregunta que sigue rondando el ambiente político venezolano y que no ha logrado disiparse. Desde el momento en que Estados Unidos ejecutó el operativo que terminó con la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, las dudas no han dejado de crecer.
¿Fue realmente una operación externa o, por el contrario, hubo una traición dentro del chavismo que facilitó su caída?
Lo que ha dicho el régimen sobre los cuestionamientos
En una reciente entrevista en EL PAÍS de España, el propio Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y hermano de Delcy, ha intentado cerrar la puerta a esa hipótesis.
Ante la pregunta directa sobre una posible traición interna, respondió: “Estoy seguro de que no en lo que tiene que ver con los mandos políticos y militares”. Sin embargo, la contundencia de la negación no ha sido suficiente para disipar las dudas en un contexto donde el poder se ha reconfigurado con rapidez.
En paralelo, el discurso oficial ha mutado: de la confrontación abierta con Washington se ha pasado a una relación que el propio Rodríguez definió en la misma entrevista como de “respeto y cooperación”. Para muchos, ese giro no es menor, sino una señal de ruptura con los valores que se arraigan en las entrañas políticas del chavismo.
Las decisiones adoptadas en tiempo récord refuerzan esa lectura. La apertura a capital extranjero en sectores estratégicos como el petróleo y la minería, así como las modificaciones legales para atraer inversión, contrastan con años de retórica antiimperialista, uno de los pilares del régimen desde los inicios de la década de 2000, tras la llegada al poder de Hugo Chávez.
Un “nuevo momento político”
Aunque el Gobierno insiste en que se trata de un “nuevo momento político”, hay quienes ven en estos movimientos una especie de ajuste pragmático que bordea la contradicción ideológica.
El propio Rodríguez reconoce errores del pasado, incluyendo corrupción, falta de garantías políticas y una cultura de confrontación permanente. “Nosotros tenemos que reconocer nuestros errores, porque si no lo hacemos podemos correr el riesgo de volver a repetir ese problema”, afirmó en entrevista con un medio internacional. Sin embargo, ese ejercicio de autocrítica también puede leerse como una forma de justificar un viraje que, en la práctica, implica desmontar parte del legado que aún reside.
Sobre este panorama, desde la oposición, liderada por María Corina Machado, se ha insistido reiteradamente en la necesidad de una transición política que conduzca a la realización de elecciones libres en el país.
No obstante, para el oficialismo, lo que está en marcha dista de ser una “transición” y responde más a lo que han denominado un “nuevo tiempo político”, el cual, según Rodríguez, “va a conducir a un cronograma de acción política que pasa por llegar a acuerdos, por trabajar para fortalecer las instituciones del Estado y a una realidad institucional del país que luego nos lleve a organizar las elecciones que haya que organizar”.
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