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Silencios familiares, “Padre madre hermana hermano”, de Jim Jarmusch

hace 2 horas
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  • Silencios familiares, “Padre madre hermana hermano”, de Jim Jarmusch
  • Silencios familiares, “Padre madre hermana hermano”, de Jim Jarmusch

¿Qué es lo que en verdad nos une a nuestra familia cercana? Pregunto porque el vínculo con nuestra mamá, nuestro papá o nuestros hermanos es tan obvio que lo damos por hecho toda la vida, casi sin cuestionarlo o sin reflexionar sobre él. ¿Pero en realidad conocemos bien a esas personas con las que celebramos nuestros primeros cumpleaños? De las resonancias de esa pregunta está hecha la última película de Jim Jarmusch, ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia del año pasado, en un fallo que tuvo más de reconocimiento a una carrera admirable y consistente, que de verdadera justicia cinéfila.

En estos tiempos en que todo es una secuela o una serie que estira el chicle a lo que da, ya es una decisión valiente hacer una película compuesta por tres historias breves, no conectadas entre sí. Valiente incluso para Jarmusch, acostumbrado a estas lides durante toda su carrera (basta recordar Café y cigarrillos o Una noche en la Tierra), pues una decisión narrativa de ese estilo restringe las posibilidades comerciales de Padre madre hermana hermano. Muchos espectadores, acostumbrados a la cartelera más convencional, se sentirán extrañados ante un tríptico que une las tres historias con pequeños detalles estéticos, como las coincidencias en los colores del vestuario de los familiares que se encuentran en cada segmento o con diálogos iguales que pronuncian personajes distintos, como el uso de una expresión anglosajona (“Bob es tu tío”) que se usa como nosotros en Latinoamérica usamos “Y listo”, para decir que algo sucedió así, sin muchas complicaciones.

Veremos a dos hermanos que no encuentran muy seguido, ser llamados por su padre a una casa a más de una hora en carro desde Nueva York, que les hace sentir por teléfono que depende de ellos cuando a él le conviene; a una famosa escritora inventarse una reunión para tomar té con sus dos hijas mujeres, que no parecen tener las vidas tranquilas que ella desearía; y a un par de hermanos mellizos que enfrentan como pueden la pérdida de sus papás, descubriendo en el proceso que las historias que les contaron cuando niños no necesariamente ocurrieron como ellos pensaban.

Con delicadeza, como si tocara con una orquesta de cámara algunas variaciones sobre un tema, Jarmusch explora la incertidumbre que rodea la conexión familiar. No necesitamos, ni queremos, ni estamos obligados a contarles a nuestros papás o a nuestros hermanos la realidad de nuestras vidas. No sólo porque lo que ocultamos nos avergüence; también lo hacemos para no lastimarlos. Por eso, por ejemplo, la madre escritora no se ofrece a prestarle a su hija mayor (Cate Blanchett en un personaje rarísimo frente a los que suele escoger, casi débil) el dinero que necesitaría para cambiar de carro.

Sin embargo, parece insinuar Jarmusch, nunca dejaremos de ser los hijos de alguien. Y aprender o no a balancear esa carga es lo que hará que nuestra vida sea la repetición de ciertos errores, o el paso por un camino más iluminado: una vida en que sólo pesen los propios errores.

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