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De lo real a la realidad

hace 1 hora
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Por José Guillermo Ángel R. - memoanjel5@gmail.com

Estación Lo Que Pasa, a la que llegan los que hablan de lo real (lo existente, entendido o no) y la realidad (lo que hemos construido en ideas, objetos y administraciones), los que no admiten más que lo que piensan y así evitan saber más, los que hablan de geopolítica estableciendo que esto no es más que un Lebensraum (un espacio vital para el más fuerte), los que analizan el sentido de técnica y armamento (la esencia de la potencia política), los que evaden lo que pasa y creen que la historia no se repite, los que opinan que los sistemas lo sostienen hombres solos y no juntas que discuten intereses (de aquí tantas teorías de conspiración), los que se exacerban con la cultura del espectáculo y claman sangre (las revoluciones se popularizan así), los que motivan a las masas para que desahoguen sus frustraciones en torno a un solo hecho, los que se valen de la caja china (una caja dentro de otra y esta en otra, y sigue) para que salga primero el payaso y no se enteren del resto, los que tienen la fuerza y la aplican con uno débil para que haya cacareo en el gallinero, en fin, en esto de lo que pasa (donde hay de todo, desde clavos hasta dictadores capturados), las emociones valen, la realidad se distorsiona y lo real se ríe.

La historia, a la que le tienen tanto miedo porque analiza lo que pasó y por esto no varía, habla de emperadores y reyezuelos, de invasiones y sometimientos, de dioses que van de un sitio a otra cobrando por creer en ellos, de imperios que suben y caen (la caída dura muchos años), de vencedores que falsifican lo que hicieron y así se limpian, de luchas desmesuradas por recursos, de traiciones y de héroes. Y como en este proceso de apoderarse de lo del otro habría conciencia, para que no moleste, se falsifica lo posible (aparecen las invenciones verosímiles) o surgen los palimpsestos, como dice Umberto Eco.

La democracia, que sería una realidad, se construye con hechos y no con discursos, con competitividad en infraestructuras, fortalecimiento de empresas, educación que provea de más mundo y con una identidad que tenga claro la autosuficiencia y la compensación, el sitio donde se vive y la claridad de un destino. Pero la democracia también deja de existir (y esta también es una realidad) cuando es mera palabrería, burocracia, corrupción y fomento de la ignorancia. Y bueno, lo real se ríe: son más las realidades de papel que llega otro y las quema.

Acotación: la libertad es elegir a quien obedecer, leí en algún libro. Es una frase dura, pero se ajusta a lo que pasa. Si la masa es mayor, atrae a la menor, demostraba Isaac Newton. En lo real, la física enseña más que la palabrería política. Nada está solo: es movido, absorbido, transformado.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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