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Por Rubén Darío Barrrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

El voto en blanco

hace 50 minutos
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Por Rubén Darío Barrrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

El periódico El Espectador publicó el día 29 de diciembre último una “encuesta” realizada por la firma W.A.A. (William Acero Arango), inscrita ante el CNE, —una de las más amplias que se han hecho a la luz de la nueva regulación (el tamaño de la muestra fue de 11.509 personas)—, donde se consultó face to face a mayores de 18 años habilitados para votar, con un margen de error del 2,6 %. La sorpresa mayúscula no fue que Iván Cepeda liderara la intención de voto con 30,7 % frente a 16,2 % de Abelardo de la Espriella, sino que el voto en blanco tuviera un 11,8 % y fuera el tercero, situándose muy por encima del cuarto, Sergio Fajardo, quien obtuvo 6,7 % y del quinto, Roy Barreras, con 6,1 %, quien ya empieza a figurar.

El voto en blanco es un sufragio válido y es una forma de participar electoralmente. De acuerdo con la sentencia C-490 de 2011 de la Corte Constitucional, el voto en blanco es “una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad, con efectos políticos”. Claro que esta vez no he observado promotores airados y furibundos de esta conducta electoral. Recordemos en otrora los casos de Bello, en donde había candidato único que logró 40.500 votos (Germán Londoño), cifra empequeñecida por los 61.000 votos en blanco. En Timaná, Huila, en donde Carlos Iriarte, con 1.500 votos, sucumbió ante el voto en blanco que logró 2.700 votos. Y en Cartagena, en donde Nicolás Curi obtuvo 55.000 votos, pero fue eclipsado por el voto en blanco que reunió 41.000 votantes. Sin dejar de mencionar que, en abril de 2013, el obispo de Garzón (Huila), de nombre Fray Fabio Duque Jaramillo, desde el púlpito, invitó a votar en blanco en las elecciones de gobernador.

La reforma electoral, permite inscribir promotores del voto en blanco. Los mismos tienen el aliento del dinero por la reposición de votos. Ello, porque el voto en blanco se analiza como si fuera un candidato más. Los promotores pueden ser personas naturales o, incluso, colectivos. Lo fueron nombres como: “Despierta” o “La voz de la conciencia”, motejados para salir avantes y aplastar candidatos de carne y hueso. También en zonas de profunda desmotivación electoral, los vivos campean para ganar unos pesitos de más. Sin embargo, esta vez no he visto que haya alentadores del voto en blanco como Grupos Significativos de Ciudadanos (GSC). Mientras tanto, nada que avanza lo del voto obligatorio. Ello, depararía un buen análisis de cara al ya cacareado voto en blanco que, cual hecho tácito, refleja mentes en blanco.

El inefable Sergio Fajardo (31/05/18), escribió en un comunicado: “Yo, Sergio Fajardo, voy a votar en blanco. En la campaña dije una y otra vez que ni Duque ni Petro (...)”. Ahora bien. Si el voto en blanco recaba la mayoría absoluta se repiten las elecciones, pero no sucede así cuando la abstención obtiene mayoría, así ésta sea muy alta. En Colombia, los votos en blanco son votos válidos, a diferencia de los tarjetones no marcados y los votos nulos. Humberto de la Calle, dijo que votó en blanco en las elecciones presidenciales de 2018 y 2022, pero espera no tener que hacerlo de nuevo en 2026. Yo no le jalo al voto en blanco, ¿y usted?

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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Por Rubén Darío Barrrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

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