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Doce años del Euromaidán

Aunque tras su llegada Donald Trump insistió en que detendría el conflicto en semanas, las posiciones de ambos bandos han impedido los avances.

26 de noviembre de 2025
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  • Doce años del Euromaidán

Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com

El 21 de noviembre del 2013 –hace ya doce años– Ucrania inició un camino en descenso que aún no se detiene. Esa noche el presidente ucraniano Viktor Yanukovich, un aliado de Vladimir Putin, suspendió la firma del acuerdo de asociación de su país con la Unión Europea, un convenio que tenía un apoyo popular importante en las áreas urbanas y la juventud. La retirada abrió la caja de todas las desgracias y llevó a decenas de miles de personas a las calles en lo que se conoció como el Euromaidán. La represión que siguió dejó decenas de muertos y las calles de Kiev se abarrotaron de inconformes que pedían la dimisión del presidente. En febrero del 2014 Yanukovich renunció y huyó a Rusia, y Ucrania inició el tránsito hacia su desintegración.

Para Moscú el Euromaidán representó la última de las alertas sobre la disminución de su influencia en Ucrania y Putin no se quedó quieto. A inicios del 2014, hombres armados sin insignias (pero a todas luces dependientes de Rusia) tomaron Crimea y a mediados de marzo, tras un referendo desconocido por Kiev, el Kremlin firmó la anexión de la península. Ni las protestas ucranianas ni las sanciones de occidente hicieron retroceder a Rusia que, consciente del valor estratégico (militar y económico) de la península, dibujó su nuevo mapa federal con el territorio incluido. En el que fue quizá el movimiento geopolítico más contundente hasta el momento, el G8 pasó a ser el G7, tras la expulsión rusa y la incomodidad de Occidente.

El lustro que siguió trajo la escalada hacia la invasión definitiva que finalmente se consolidó en febrero de 2022 cuando Rusia invadió el Donbás e intentó aplastar a Ucrania con tres frentes militares desde Bielorrusia en el norte, la frontera rusa en el oriente y Crimea en el sur. El horror que siguió sigue fresco en los titulares de prensa. Una guerra que se acerca a los cuatro años, que ha dejado centenares de miles de bajas, una nación desmembrada y una Europa en pánico.

Aunque tras su llegada Donald Trump insistió en que detendría el conflicto en semanas, las posiciones de ambos bandos han impedido los avances. Zelensky no está dispuesto a entregar parte de su territorio, algo que está escrito en la última propuesta de paz presentada por Washington. Putin dice que cualquier acuerdo tiene que reconocer la “realidad del terreno”, lo que en el mapa representaría la anexión por parte de Rusia de buena parte del oriente ucraniano.

Doce años. La mano que traiciona un acuerdo. La revuelta popular. La represión. La pérdida de territorio. La guerra total. Las fronteras que se redibujan en el siglo XXI. Occidente en crisis.

La Unión Europea reconoce que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no se vivía una amenaza bélica como esta. Con Washington titubeante con sus aliados y Moscú sin intenciones de retroceder, el horizonte es oscuro. Ucrania cierra un año más al borde de su fragmentación.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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