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El padre de la Teología de la Liberación

El 22 de octubre murió en Lima (Perú) el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, el teólogo latinoamericano creador de la Teología de la Liberación. Tenía 96 años y una vida llena de logros y satisfacciones, como también de rechazos y condenaciones.

23 de noviembre de 2024
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  • El padre de la Teología de la Liberación
  • El padre de la Teología de la Liberación

Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com

El pasado 22 de octubre murió en Lima (Perú) el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, el teólogo latinoamericano creador de la Teología de la Liberación. Tenía 96 años y una vida llena de logros y satisfacciones, como también de rechazos y condenaciones. Gran teólogo y pastor incansable, su nombre se asocia con un momento estelar y polémico de la Iglesia católica del continente. América Latina, sus pobres y marginados, gracias a los planteamientos de Gustavo Gutiérrez, adquirieron un lugar en la reflexión teológica postconciliar del catolicismo.

Gustavo Gutiérrez Merino nació en Lima el 8 de junio de 1928, en el seno de una familia de clase media de la capital peruana. Apenas saliendo de la infancia fue sufrió por una osteomielitis que le afectó la movilidad, pasando largo tiempo en la cama y usando silla de rueda durante un largo espacio de su juventud. La enfermedad le propició una juventud entre libros y actividades intelectuales, que lo llevó tanto a iniciar estudios de medicina y humanidades como a definir su vocación sacerdotal. Fue ordenado sacerdote en 1959, viajando luego a estudiar Filosofía en Bélgica en la Universidad de Lovaina y luego Teología de en la Universidad de Lyon.

Vive de lleno el Concilio Vaticano II (1962-1965), una época que deja huella en su vida y en su formación sacerdotal. La Conferencia del Celam de Medellín, en 1968, marca un momento estelar en el catolicismo latinoamericano. En 1971 apareció su libro más famoso “Teología de la Liberación- perspectivas”, que dio origen a todo lo que trajo consigo las tesis planteadas por Gutiérrez.

De la larga lista de libros publicados, unos 30, vale la pena recordar “La fuerza histórica de lo pobres” (1979) y “¿Dónde dormían los pobres?”, que recuerde. En 2002 compartió, junto al famoso periodista polaco Ryzard Kapuschinki el premio Príncipe de Asturias de Comunicación.

Para abreviar una noticia biográfica que merecería más espacio, es bueno recordar que el padre Gustavo Gutiérrez, en el año de 1998, dejando atrás su pertenencia al clero diocesano, ingresó a la Orden Dominicana, cuyo hábito blanco vistió a la hora de ser sepultado. Como buen pobre, el padre de la Teología de la liberación hizo siempre gala de humildad, que es otro síntoma de la “opción preferencial por los pobres” que está en la base de la liberación, de toda liberación.

Habrá que seguir hablando de este cura rebelde peruano que para unos iluminó a muchos y, para otros tanto escandalizó por una mal entendida cercanía de la Teología de la Liberación con el marxismo. De eso hablaremos, si Dios nos da vida.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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