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¿Viajero o turista?

13 de noviembre de 2025
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  • ¿Viajero o turista?

Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es

La curiosidad y el afán por descubrir son intrínsecos al ser humano. Por eso, el negocio de los viajes, vinculados al turismo o al ámbito empresarial, se ha convertido en un motor del crecimiento de los países y, por tanto, de la economía global.

En un mundo cada día más digitalizado, donde la irrupción de la inteligencia artificial está interiorizada ya en todas las actividades -aunque esta columna surja única y exclusivamente de materia orgánica- parece que la necesidad del contacto humano en los negocios y en el descubrimiento real de otras culturas se hace más urgente que nunca.

Me encuentro en Riad, en la cumbre Tourise que organiza una vez más Arabia Saudí, un país que está dando pasos de gigante para convertirse en un actor de primer rango no solo como destino para los peregrinos musulmanes hacia La Meca, sino en un destino apetecible gracias a los atractivos que hasta hace cinco años ocultaba al turista occidental: la cultura nabatea de Alula, que nada tiene que envidiar a Petra; los encantos de Riad, con la antigua ciudad de Diriyah, patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y sus “cañones del fin del mundo”, o Yeda y los desarrollos de ultra-lujo del Mar Rojo, entre otras maravillas a las que pronto se unirán un tren turístico art-decó y varios proyectos que en Arabia ven la luz en apenas unos meses.

Aquí se han dado cita más representantes de todos los sectores de esta industria de los que he visto jamás en ninguna otra cumbre, prueba palpable del tirón de un sector que trata de reinventarse ante la ruptura de la IA y la necesidad de mantenerse como una fuente de trabajo transversal que riegue a toda la economía, especialmente a los más jóvenes, preservando en este crecimiento constante un impacto controlado en los ecosistemas, los paisajes y la vida diaria de las comunidades locales, ya sean urbanas o no.

En este sentido, los datos son esperanzadores. El turismo ha superado sus niveles de contribución a la economía previos a la pandemia, su huella de carbono se mantiene por debajo de los niveles de 2019 y su impacto social positivo continúa creciendo.

Según el Consejo Mundial de los Viajes y el Turismo (WTTC) -cuya sede podría recalar en Madrid, uniéndose a la permanente de ONU Turismo, lo que convertiría a la capital de España en el epicentro del sector- las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero del sector en 2024 disminuyeron un 9,3% respecto a 2019, cuando el sector alcanzó su punto máximo, y ahora representan el 7,3% del total global de emisiones, frente al 8,3% en 2019.

Mientras disminuyó el impacto ambiental del sector, su contribución al PIB creció un 6% por encima de su nivel prepandemia, pasando de 10,3 billones de dólares en 2019 a 10,9 billones en 2024.

Este descenso refleja una reducción en la intensidad de emisiones (por unidad de producción), que ha caído un 15% desde 2019, con un sector que genera cada vez más valor económico produciendo menos emisiones.

La mayor parte de esta disminución en la intensidad se debe a mejoras en eficiencia, incluyendo un aumento del 16,6% en la adopción de energía baja en carbono y una reducción del 5,7% en el uso de combustibles fósiles.

Con esa cuestión bien encauzada, el reto es ahora diversificar los destinos y superar la estacionalidad para evitar la masificación, un fenómeno preocupante que a nadie le interesa, especialmente a los residentes, que ven cómo se disparan los precios de la vivienda, de los alimentos y cómo se apaga la vida de las comunidades pese al positivo intercambio con los turistas, tanto en términos económicos como culturales.

Por eso, más que nunca, debemos ser conscientes de que nuestra huella es aún más notable cuando nos movemos. Viajar es descubrir, saborear, intercambiar, mezclarse. No ir de un lado a otro haciendo fotos para las redes. El turismo necesita viajeros responsables.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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