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Apostemos por los más jóvenes

12 de diciembre de 2024
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  • Apostemos por los más jóvenes

Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Los jóvenes en Colombia son una fuerza transformadora de la sociedad. La manera como la política pública aborda este grupo poblacional, marca una diferencia importante en el desarrollo social, la generación de capital social y económico de las ciudades. Con frecuencia, se les asocia con la violencia, la deserción escolar, los desequilibrios en la salud mental, el consumo de drogas, la inmadurez, y la participación en economías ilegales. Esta perspectiva, además de ser injusta, no es útil.

Los programas públicos tradicionales suelen quedarse en la etapa de la sensibilización o la prevención, pero pocas veces se avanza hacia la generación de oportunidades reales. Aquí, el rol de los gobiernos locales, y la sociedad civil organizada es fundamental. Estas oportunidades deben llegar a quienes enfrentan barreras de acceso por su contexto socioeconómico. Solo así, se generan profundos cambios en la movilidad social.

El éxito de estas políticas no es una utopía. Existen ejemplos concretos que demuestran que, con la inversión adecuada, los jóvenes se convierten en agentes de cambio. La evidencia muestra que cuanto más temprano se realice la inversión en la vida de niños y jóvenes, mayor será la rentabilidad social de los programas. De acuerdo con Hendren y Sprung-Keyser (2020), las políticas que invierten en la salud y la educación de la primera infancia presentan un Marginal Value of Public Funds (MVPF) significativamente más alto que aquellas dirigidas a los adultos. Esto se debe a que la inversión temprana genera beneficios acumulativos a lo largo del ciclo de vida, permitiendo que los niños accedan a mayores niveles de educación, mejores empleos y salarios más altos en la adultez, lo que se traduce en mayores ingresos fiscales y menores transferencias del Estado.

La inversión en jóvenes también tiene un gran potencial de retorno social. Los programas dirigidos a la formación técnica y universitaria, la inserción laboral y la promoción de habilidades socioemocionales han demostrado aumentar la probabilidad de empleo formal y reducir la participación en economías ilegales.

Estos beneficios no solo mejoran el bienestar individual, sino que también contribuyen a la cohesión social y a la reducción de la violencia urbana. Es importante subrayar que las oportunidades no deben ser generalizadas ni abstractas. Los jóvenes de empleabilidad con metas claras, becas educativas con acceso garantizado, acompañamiento y atención psicosocial, y apoyo para proyectos de emprendimiento y acceso a tecnología de vanguardia son algunas de las medidas que han demostrado ser efectivas.

Los gobiernos locales enfrentan una decisión clave: seguir destinando recursos a la contención policial o invertir en oportunidades reales para los jóvenes. La primera opción es cara, ineficaz y perpetúa la exclusión. La segunda opción es más rentable, más justa y más sostenible.

El camino hacia una Colombia más segura y próspera pasa por un cambio de enfoque: los jóvenes son la oportunidad más valiosa que tenemos para generar desarrollo local, capital social y nuevo tejido empresarial. Pero esta oportunidad solo se activa cuando los conectamos con posibilidades reales.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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