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Las injustas leyes contra
EPM y Antioquia

24 de mayo de 2025
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  • Las injustas leyes contra EPM y Antioquia
  • Las injustas leyes contra EPM y Antioquia

Por Johel Moreno - opinion@elcolombiano.com.co

Esas mal llamadas “regalías”, que según la ley del medio ambiente, la 99/93, ordena a las empresas generadoras de energía hidroeléctrica, que no superen los 10.000 MW, transferir el 6% de las ventas brutas de energía por generación: 3% a las Corporaciones Autónomas Regionales, las denominadas CAR y el otro 3% a los municipios localizados en la cuenca hidrográfica; pero no son de libre disposición, sino que tienen destinación específica: proteger el medio ambiente, defender las cuencas hidrográficas para compensar el impacto ambiental y protección de los ecosistemas de los territorios afectados.

Y en ese orden, las Epm para el 2024, le transfirió a los 92 municipios de Antioquia donde hay desarrollos hidroeléctricos $83.000 millones, para un promedio de $891 millones por municipio; mientras a Medellín, de las utilidades que fueron de $4.82 billones, le transfirió $ 2.64 billones; esos sí de libre disposición, una cifra descomunal que equivale a $7.260 millones diarios; razón para que el presupuesto de la ciudad para el 2025 sea de $10,96 billones, mientras el de Antioquia es de $ 6.8 billones.

Son cifras que ponen al descubierto un centralismo perverso y una inequidad para con las regiones de Antioquia donde se genera la energía que mueve a Antioquia y la economía del país.

Al Peñol por ejemplo, donde se encuentra buena parte de la central de Guatapé (un embalse multianual de un potencial de 560MW), las “contribuciones” de las generadoras de energía (Epm e Isagen) para el 2024, fueron de apenas $ 5.222 millones, una “bicoca”, comparada con los $ 7.260 millones/diarios que recibió Medellín.

Y un año después, en el 94 le llegó el otro zarpazo a las Epm, cuando en virtud de los articulitos de la ley 142 la obligó transformarse en una entidad descentralizada, la que sin perder su naturaleza pública, continuaría prestando los servicios públicos pero con una estructura empresarial que la convirtiera en una empresa industrial y comercial del Estado; una EICE, pero que se ajustara a las reglas del derecho privado.

Y desde la vigencia de esa ley, pusieron al Grupo Epm, como cualquier particular, a pagar a la Dian sumas billonarias de impuestos de Renta, complementarios y otros más y solo en el 2024, le giró la astronómica cifra de $1,92 billones, $227.000 millones por industria y comercio, $114.000 millones por el gravamen GMF.

Son cifras que ponen en evidencia, la inequidad e injusticia de las leyes para con Antioquia y las regiones, pues no todo lo legal es justo.

Injusto que a Antioquia, se le hayan impuesto tantas cargas fiscales e impuestos a la producción de energía que antes no tenía, derivadas de una perversa ley que castigó la eficiencia y de paso, anuló el esfuerzo y trabajo de generaciones que antaño desarrollaron los grandes proyectos hidroeléctricos y que hoy, no se ve reflejado en tarifas, tal como fue el espiritu que inspiró la creación de las Epm entre 1954 y 1955.

Aquella que sustituyó a las Empresas Públicas municipales, como un ente autónomo que ofreciera tarifas de servicios públicos más bajos para la población, la industria y la protegiera del reparto burocrático que se genera cada que hay cambios políticos en la ciudad..

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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