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Les encuestas de opinión: en cintura

17 de julio de 2025
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  • Les encuestas de opinión: en cintura
  • Les encuestas de opinión: en cintura

Por Johel Moreno Sánchez - opinion@elcolombiano.com.co

Según la revista TIME, las encuestas políticas, “deberían presentarse al público con más advertencias como las que traen los paquetes de cigarrillos para concluir que la única encuesta válida es la que resulta de las votaciones”.

Son muchas las encuestas que no han acertado en los resultados de las urnas y no aciertan porque no hay fórmula matemática que asegure anticipar los resultados de una elección; recordemos algunas:

Las del 2002, en las que Horacio Serpa (qepd), quien figuraba vencedor por encima de Álvaro Uribe y Noemí Sanín; Uribe terminó siendo el ganador de la contienda electoral.

En el 2006, cuando las encuestas afirmaban que sería necesaria una segunda vuelta, Uribe ganó en la primera.

En el histórico plebiscito del 2 octubre del 2016, mientras todas las encuestadoras aseguraban un contundente triunfo del sí en favor del nefasto Acuerdo de paz con un 65% de promedio, los colombianos acudieron a las urnas a votar por un rabioso NO.

Y la más reciente: de un potencial superior a 41 millones de electores, entrevistadas 2.122 personas; o sea a una de cada 20.000 para preguntarles: ¿cómo votarían las presidenciales del 2026? respondieron así: Miguel Uribe 13.7%, Vicky Dávila 11.5%, Gustavo Bolívar 10.5%, Sergio Fajardo 8.7%, Daniel Quintero 8.5%... etc...

¿Cómo explicar que el exalcalde de Medellín, imputado por la Fiscalía por delitos de corrupción, tenga un registro del 8.1% y el presidente Petro presente una buena imagen del 30%?

Difícil entender que esas respuestas sean el fiel reflejo de de lo que piensan hoy los 53.1 millones de colombianos, que solo vota un 58% y, para un asunto tan trascendental en el que está en juego el futuro del país, garanticen un porcentaje de error del 2.2%. Increíble!

Mientras la compra de votos en Colombia sea una práctica común, es arriesgado confiar en los resultados de unas encuestas cuando millones de votos son comprados; recordar lo ocurrido en las pasadas jornadas electorales, cuando fueron sorprendidas personas transportando cientos de millones de pesos en efectivo e intentando ingresar docenas de cédulas a un centro de votación.

Un país de una democracia tan débil, que nuestro voto cuenta igual al comprado; pues según estudios de la Universidad de los Andes, la compra de votos es una forma de clientelismo, “una práctica política que tiene mucho rato en Colombia, está enraizada en algunas regiones”, y que según mediciones, entre el 7 y el 15%, aseguran: haber sido objeto o recibido algo a cambio de su voto “Es un mecanismo que tiene la gente para conseguir recursos”.

Las encuestas, sin duda, influyen en los electores; en los indecisos, en los que deciden a último momento en favor de quienes lideran los primeros puestos, los que se suman al supuesto carro ganador, to get on the bandwagon, a la carroza de los políticos de las supuestas mayorías que ofrecen el oro y el moro.

Entre tanto, habrá que esperar los efectos de la nueva ley; un “tatequieto” que recién expidió el Congreso de la República prohibiendo las encuestas de intención de voto hasta noviembre y que le otorga facultades al CNE para reglamentar su elaboración.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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