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Autonomía en vacaciones

05 de enero de 2026
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  • Autonomía en vacaciones

Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com

Ninguno de los principios fundacionales de la institución universitaria debería suspenderse en tiempo de vacaciones. Aunque se interrumpan las clases no tiene por qué pausarse la libertad de cátedra. De igual modo no tiene sentido interrumpir la autonomía mientras vuelvan profesores y estudiantes al iniciarse otro período lectivo. Pero el gobierno parece que mandó a vacaciones la autonomía, condición inseparable de la universidad desde ochocientos años atrás cuando empezó la educación superior como fuente primordial de la cultura occidental. Ni en Salamanca, ni en Bolonia, por ejemplo, las corporaciones universitarias dejan de invocar la facultad de darse su propio gobierno y actuar conforme con sus propias normas, sin perjuicio de la inspección y la vigilancia razonables del Estado.

Es interesantísimo y prioritario el debate próximo sobre la autonomía, con motivo de las decisiones ministeriales recientes, al sustituír al Rector de la Universidad de Antioquia y nombrarle reemplazo en plena temporada vacacional. Estudiantes y profesores, que en circunstancias corrientes han participado más o menos en el proceso de selección de sus autoridades, están llamados a expresar sus posiciones, de modo que sea el Consejo Superior el organismo competente para hacer el nombramiento. A esa discusión debe ponérsele toda la atención posible, porque ha de enriquecer el caudal de ideas y propuestas sobre la pervivencia del Alma Mater como la empresa más importante de Antioquia en toda su historia, que debe defenderse con la fuerza argumentativa de las ideas filosóficas e históricas y con clara conciencia de que está en grave riesgo lo primordial de los intereses regionales legítimos.

Habrá quienes defiendan o cuestionen al Rector saliente o al entrante. No faltarán quienes reduzcan el asunto a un enfrentamiento político de Gobernador y Alcalde con Petro y el Ministro. Eso no es lo relevante aunque ambos funcionarios cumplen con su deber y han tenido el valor civil y la franqueza que tanto se necesitan en estos días de apagamiento ético. Lo cierto y lo esencial es que la Rectoría de la Universidad ha sido y no puede dejar de ser el cargo principal en la jerarquía de puestos y competencias del departamento. No es preciso repasar la lista de rectores que ha tenido la Universidad desde las jornadas originarias de Fray Rafael de Laserna en 1803 cuando el Colegio Franciscano. Ha sido una posición respetable y simbólica. Que se apruebe o no su gestión le corresponde a la propia Universidad en ejercicio de su autonomía y conforme con la participación de sus diversos estamentos, incluido el de los egresados, que por lo general no suena ni truena.

Para tratar de justificar una extralimitación de funciones nunca le faltarán motivos y sinrazones a un régimen, sobre todo si exhibe una tendencia autocrática. No valen argumentos de conveniencia circunstancial para manifestarse en favor de la intervención autoritaria o para guardar silencio. La deliberación debe efectuarse en los mejores términos de controversia civilizada. La autonomía universitaria hay que salvaguardarla, en tiempo normal y en días de vacaciones.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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