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Colombia ganadora

27 de agosto de 2025
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  • Colombia ganadora

Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve

Acabo de terminar de leer Colombia Ganadora: una estrategia emergente, el más reciente libro de Alejandro y Sebastián Salazar, y lo recomiendo especialmente. Es un texto que incomoda, sacude y propone. Su tesis central es clara: Colombia enfrenta una crisis profunda, estructural, que no se resuelve con retórica ni promesas tecnocráticas. Se necesita una nueva forma de pensar el país, desde una estrategia adaptativa, pragmática y centrada en nuestras ventajas reales.

Tuve la oportunidad de compartir con Alejandro y Sebastián hace un par de años los ejercicios de conversación y análisis colectivo que dieron origen a Antioquia Emergente. Ya entonces me impresionó su capacidad de articular pensamiento estratégico con comprensión del entorno. Este nuevo libro recoge y proyecta muchas de esas ideas, ahora en clave nacional y con mayor urgencia.

En un contexto internacional cada vez más volátil, marcado por la fragmentación del orden global, el libro plantea que Colombia debe abandonar fórmulas heredadas —planes rígidos, dogmas ideológicos, discursos desconectados de la realidad— y adoptar una estrategia emergente. Una que reconozca nuestras capacidades y límites, que actúe desde el presente, y que entienda que la competencia global es feroz, pero también llena de oportunidades.

Coincidí en su lectura con dos columnas recientes que ilustran lo que está en juego. En El Colombiano, Juan Manuel del Corral nos recordó que el país que soñamos es uno donde se pueda confiar en la palabra, caminar tranquilos y ver que el esfuerzo vale la pena. En El Tiempo, Germán Vargas Lleras escribió “Los pusilánimes”, una crítica a quienes prefieren callar ante la gravedad del momento. Ambas lecturas, desde orillas distintas, coinciden en algo esencial: no es momento para el silencio.

Callar hoy no es opción. Las voces que denuncian y confrontan lo que ocurre son necesarias dentro de una oposición firme. Pero también hacen falta voces que propongan, que ayuden a imaginar y construir una Colombia mejor. Una Colombia ganadora.

Como observador estudioso de temas internacionales, he visto cómo otros países —desde el sudeste asiático hasta Europa del Este— han progresado no solo con reformas económicas, sino con visiones de largo plazo ancladas en su realidad. Lo que los une no es el modelo exacto, sino su capacidad para alinearse alrededor de una agenda nacional pragmática, con propósito compartido.

Colombia no está condenada al fracaso. Tenemos activos únicos: diversidad geográfica, talento humano, una economía abierta, y aún, una democracia que resiste. Pero hemos perdido demasiado tiempo en guerras ideológicas estériles y en gobiernos más centrados en el relato que en los resultados. Como bien se dice en el epílogo del libro, no importa tanto quién sea el próximo presidente, sino qué hace, y más aún, qué hacemos nosotros como sociedad.

El mundo no nos va a esperar. Estamos en competencia global por inversión, talento y sostenibilidad. Los países que ganen serán los que logren coordinar de forma inteligente Estado, empresa y sociedad civil. Para eso se necesita liderazgo, sí, pero también una ciudadanía exigente y propositiva, capaz de reconocer ventajas emergentes y construir sobre ellas.

Colombia Ganadora no ofrece fórmulas mágicas. Es una invitación a salir del idealismo paralizante, a dejar de esperar salvadores, y a activar, desde donde estemos, un proceso continuo de construcción estratégica. Tenemos una oportunidad. Pero, como bien dicen los autores, la cuenta regresiva ya empezó. Y solo ganaremos si sabemos movernos con inteligencia, propósito y sentido de realidad.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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