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Tres países, tres caminos: luces desde la península arábiga

21 de noviembre de 2025
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  • Tres países, tres caminos: luces desde la península arábiga

Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve

Acabo de regresar de un viaje de casi veinte días por la península arábiga. Estuve en Catar, Omán y Arabia Saudita: tres países profundamente distintos entre sí, pero unidos por un mismo hilo conductor: la convicción de que su riqueza petrolera debe ser una plataforma para abrirse al mundo, diversificar sus economías y construir un futuro más allá de los hidrocarburos.

En una época en la que tendemos a mirar el Medio Oriente solo a través del prisma de los conflictos, vale la pena ver esta otra cara: la de sociedades que, desde sus tradiciones, están dando pasos hacia la modernidad con una velocidad que sorprende. Mi recorrido comenzó en Doha. Catar, a pesar de su tamaño diminuto, se ha convertido en un nodo global. Alberga uno de los aeropuertos más modernos del mundo, un skyline digno de cualquier capital asiática y una apuesta decidida por el turismo, la educación superior y el deporte.

El Mundial de 2022 dejó huella: infraestructura impecable, sistemas de transporte eficientes y una mezcla de población expatriada que hace que el país se sienta más cosmopolita que árabe en muchos aspectos. Catar entendió hace años algo esencial: el petróleo y el gas pueden financiar la transformación, pero no pueden ser el futuro. Luego seguí hacia Omán, un país que conserva una identidad cultural más marcada y donde la modernidad convive, sin tensiones aparentes, con una sociedad profundamente tradicional. Su capital, Mascate, con su arquitectura blanca, su limpieza y su serenidad, refleja ese equilibrio. Visitamos Nizwa, antigua capital del sultanato, con su fortaleza imponente y su mercado tradicional, y luego nos internamos en paisajes extraordinarios, incluido el llamado Gran Cañón de Arabia, una de las maravillas naturales más impactantes que he visto.

Omán no compite por tener los rascacielos más altos ni las islas artificiales más extravagantes. Compite por algo más difícil: calidad de vida, sostenibilidad y estabilidad. Lo está logrando con prudencia y buena administración.

Pero el mayor contraste lo encontré en Arabia Saudita. Durante décadas fue el país más cerrado al turismo extranjero. Hoy, gracias a las reformas del príncipe heredero Mohammed bin Salman, comienza una apertura cautelosa pero irreversible. Jeddah, con su mezcla de historia y modernidad, refleja ese punto de inflexión: sigue siendo conservadora, pero ya se respira un ambiente más relajado, más conectado con el mundo.

Y luego está Al Ula, probablemente el lugar más impresionante de todo el viaje. Una región de formaciones rocosas únicas, oasis silenciosos y sitios arqueológicos que rivalizan con Petra. Es, literalmente, un museo al aire libre. Arabia Saudita entendió su potencia turística y está invirtiendo miles de millones para convertirla en un destino global.

Lo que une a estos tres países no es solo petróleo y gas, sino la forma en que lo usan: prepararse para un mundo donde depender de un solo recurso es una sentencia de irrelevancia.

Mientras en Colombia seguimos atrapados en discusiones ideológicas —si el petróleo es bueno o malo, si explotar o no explotar—, allá la pregunta es otra: ¿cómo usamos lo que tenemos para construir lo que seremos?

Catar invierte en conocimiento. Omán en estabilidad y sostenibilidad. Arabia Saudita en turismo, infraestructura cultural y tecnología.

Tres modelos distintos, pero con un mensaje común: el futuro no se improvisa; se planea.

Tal vez por eso este viaje fue una invitación a reflexionar sobre nuestras propias prioridades. La península arábiga no solo está cambiando: nos está mostrando que incluso las sociedades más tradicionales pueden reinventarse con decisión, visión y liderazgo.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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