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40 años después del horror

El Eme, desde el poder, y de la mano de la extrema izquierda, pretende torcerle el cuello a la verdad.

09 de noviembre de 2025
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  • 40 años después del horror

Por Rafael Nieto Loaiza - opinion@elcolombiano.com.co

La herida no solo sigue abierta sino que se ahonda. A los miembros de la Fuerza Pública los han juzgado, condenado, están en prisión y perdieron sus derechos políticos. Los del M19 quedaron en total impunidad y hoy ocupan los más altos cargos del Estado.

Álvaro Uribe, ponente en su momento de la ley que benefició a los guerrilleros, ha abierto un debate al plantear que a “los militares que participaron en el rescate del Palacio se les concedan todos los beneficios equivalentes a una sentencia absolutoria”. Busca eliminar la patente inequidad en el tratamiento dado a soldados y guerrilleros.

Jorge Enrique Ibañez ha sostenido que los dos indultos al M19 no exoneran a los guerrilleros de responder por los delitos cometidos en el asalto. El presidente de la Constitucional argumenta que esos indultos vulneran las normas internacionales que sostienen que los crímenes de guerra y de lesa humanidad no pueden ser amnistiados o indultados.

Ambas posturas son ciertas y, al mismo tiempo, contrarias. La del Expresidente pretende no sean los uniformados los únicos que rindan cuentas ante la justicia y la del magistrado Ibañez que no haya impunidad para los guerrilleros.

Tiene razón el Magistrado cuando sostiene que el derecho penal internacional obliga a investigar, juzgar, condenar y que haya sanción efectiva de los crímenes internacionales. Y no hay duda de que en el asalto al Palacio de Justicia el M19 cometió múltiples crímenes de guerra.

Pero hay una duda: ¿la obligación internacional de sanción efectiva a los crímenes internacionales se aplica a aquellos cometidos antes de la entrada en vigencia, el 01 de julio de 2002, del estatuto de la Corte Penal Internacional? La idea de su aplicación retroactiva es polémica. Y hay dos muy problemáticas consecuencias prácticas. El primer afectado por una decisión que no dejara en la impunidad los crímenes cometidos por el M19 sería Petro que, aunque nunca fue indultado y no hizo parte de las unidades del M19 que entraron al Palacio, sí participó en la planeación del ataque. La segunda, que con la misma tesis sea caería la impunidad de facto pactada en el 2016 para las Farc.

Por otro lado, es indispensable evitar la distorsión de la verdad. Petro, que es consustantivamente mentiroso, ha sostenido que el M19 no tuvo relación alguna con el narcotráfico para el asalto y que “ninguna bala proveniente de armas del M19 se encontró en los cuerpos de los magistrados asesinados”.

No hay duda alguna de que Escobar financió el asalto al Palacio. Según testimonios de la hermana de Pablo, de Virginia Vallejo y de Popeye, Escobar le dio dos millones de dólares al Eme para el asalto y quemar los expedientes de extradición. Testimonios de magistrados que salieron vivos y los hechos mismos, muestran que el Eme fue directamente a buscar a los magistrados de las salas constitucional y penal de la Corte, que eran quienes tenían a su cargo resolver la constitucionalidad del tratado de extradición y aprobar las extradiciones. Además, el día del asalto la constitucional estudiaría la ponencia favorable a la extradición.

No es coincidencia que fueran los magistrados de esas salas, con un par de excepciones, los asesinados. Y los mató el M19, como dicen los análisis forenses y los testimonios de magistrados que, como Samuel Buitrago, Nemesio Camacho, Humberto Murcia y Hernando Tapias, sobrevivieron el asalto.

El Eme, desde el poder, y de la mano de la extrema izquierda, pretende torcerle el cuello a la verdad.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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